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El hombre tiene una finalidad que lo lleva necesariamente a ser feliz. si cumple esta finalidad. Conocer, amar y servir a Dios ¿Alquien conoce estas tres palabras? En esto se resume el fin para el que el hombre fue hecho.
“Dios, infinitamente perfecto y bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para hacerle partícipe de su vida bienaventurada.” (Compendio del CEC 1).
Dios es infinitamente perfecto y bueno. En él no hay nada que sea maldad o imperfección. Al crear todas las cosas, imprime en ellas su propia bondad y un mismo fin de amor. De hecho, Dios crea todas las cosas para sí mismo: si él mismo es el único perfecto, nada en el universo puede tener mejor finalidad que el mismo Dios. El único fin es Dios. Todo lo demás son sólo un medio para alcanzarlo.
Dios imprimió en el hombre ese fin de manera admirable. De tal manera el hombre busca a Dios que podríamos decir de forma lapidaria: el hombre que no está unido a Dios, ni siquiera es hombre. En la finalidad está el ser de las cosas, y en nuestra finalidad, Dios, está la razón de nuestra dignidad humana. Si Dios no existiera, nuestra vida sería una ilusión sin sentido; seríamos seres condenados por nuestra inteligencia a lamentarnos por una vida que nos da todos los deleites y que al final no dejará podridos en la tumba. Fuimos hechos para Dios, y mientras no descansamos en Dios, somos una carga para nosotros mismos (cf. San Agustín).
Nuestra finalidad puede sintetizarse con la siguiente frase: El hombre fue hecho para conocer, amar y servir a Dios. Por conocer se entiende el saber y gustar de su amor, del amor que Dios nos tiene; es como saber cuanto nos ama y nos tiene misericordia y es conocer su voluntad (mandamientos, preceptos, doctrina, camino de santificación). Por amar se entiende el acoger o recibir todo lo que sabemos y sentimos de Dios y amarlo con todas nuestras fuerzas: “Amarás al Señor tu Dios sobre todas las cosas”. Por servir se entiende el dar gloria y honor a Dios, buscando primero a Dios y después a nosotros mismos; es rendirle culto agradable (en la liturgia), es glorificarle debidamente (oración), es administrar debidamente y por él todas las cosas creadas.
Básicamente, y para comenzar, conocemos a Dios en la sagrada escritura y en el catecismo; amamos a Dios haciendo todo por él y para él, dedicando nuestro día a él y buscando no ofenderle; y le servimos, en la oración, cumpliendo los mandamientos y los preceptos de la Iglesia.
Cuando el hombre realiza esta finalidad encuentra su única y exclusiva paz. El hombre es hecho para Dios y si desvía su camino hacia cosas temporales y pasajeras, entonces su paz será también temporal y pasajera. Pero Dios es infinito y el hombre solo encontrará la paz en algo infinito; el único infinito es Dios.
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