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Escrito por Enciclopedia de la Excelencia   
ImageSi comprendiéramos el poder que tiene la palabra en la vida de muchas personas a nuestro alrededor, tendríamos mucho más cuidado en hablar con ellas de cosas edificantes y buenas.

Al nacer los seres humanos, el primer vehículo por el cual iniciamos nuestro aprendizaje son los sentidos (1); cuando pequeños, no se identifica aún el significado de las palabras, pero sí su sentido, si son pronunciadas con ternura, cariño y también con enojo o cólera, por supuesto. A través de la piel, considerada como la madre de todos los sentidos, percibimos los primeros contactos con el mundo exterior, una vez que hemos abandonado ese lugar confortable y maravilloso que es el vientre de nuestra madre. Cómo explicarse que un niño ciego de nacimiento aprenda a sonreír o perciba la angustia que están experimentando sus padres, son misterios aún por descubrir.

A través de la palabra nos educamos, es ella el vehículo fundamental de la comunicación, sus significados nos orientan o nos confunden, nos hieren o nos alientan; a través de la palabra nos enamoramos y hay quienes se odian para siempre, nos hacen evolucionar o involucionar. En fin, la palabra tiene tal fuerza que es hasta ahora la única medicina que cura el alma; cuánto vale la palabra que nos consoló, que nos rescató de alguna depresión, que nos brindó esperanza, que nos iluminó la vida para realizar un cambio radical, que nos movió para unirnos a otro ser humano, apoyar una causa, o entregar nuestra vida para alcanzar un ideal.

La palabra tiene tal poder que une lo desunido y desune lo unido; hay quien por las palabras que ha escuchado, deja para siempre su hogar y se une a otra persona o entrega su vida a un movimiento determinado. La palabra une y separa y puede dejar marcas indelebles en el espíritu humano.

 

Los líderes de todos los tiempos están conscientes del poder de la palabra. Por ejemplo, Jesucristo logró por su palabra conquistar a sus seguidores y por la misma lo condenaron a muerte. En forma similar, Sócrates fundó con sus palabras la escuela filosófica más poderosa que ha existido y por sus palabras, también tuvo que beber la cicuta que le arrebató la vida; en ambos casos, Cristo y Sócrates se negaron a pronunciar las palabras que les pudieran salvar la vida, porque estaban conscientes que sus acciones tenían que ser congruentes con sus mensajes; en el poder de sus palabras estaba apostada su propia existencia.

Los líderes están permanentemente alerta al significado de las palabras, pues saben que es necesario que los demás comprendan su exacta dimensión, pues son el reflejo de su sentir. El reto consiste en darse a entender con la misma fuerza que las experimentan.

Sabemos que la palabra limita al pensamiento y más aún, existen emociones que son literalmente imposibles de explicar; por ejemplo, la caricia de una madre, el afecto de un abrazo, la sensación de estar con el ser amado, el éxtasis que experimenta el místico, o algo tan simple como transmitir a qué sabe nuestro platillo favorito o cómo huele el aroma de una flor, esta limitación en parte se supera con el énfasis que pone el líder en su mensaje, la pasión con que comunica las emociones que siente; por eso, no sólo se preocupa de pronunciar las palabras adecuadas, sino de acompañarlas con el bagaje emocional que para él significan.

Está consciente de que sus propias palabras lo comprometen; nunca pide a sus seguidores lo que él no es capaz de dar y sabe que su propia congruencia es su único aval. Por eso, algunos de ellos han tenido que ofrecer su propia vida como testimonio final de su mensaje.

Es relativamente simple pronunciar un mensaje tan sencillo como "perdona a los que te ofenden", pero es un auténtico reto cumplirlo y además animar a los demás a practicarlo; por ello, se debe estar consciente de que la palabra cobra fuerza cuando se logra transmitir su significado, las emociones que experimentamos y finalmente el compromiso que estamos dispuestos a asumir al pronunciarlas.

 

Los líderes de Excelencia de todos los tiempos saben que en las palabras está su fuerza, y que las palabras pronunciadas se convierten en los testigos fieles que acompañan cada una de sus acciones.

 

(1)En 1983, Howard Gardner, de la Escuela de Educación de Harvard, desafió la noción de que hubiera una sola inteligencia cuantificable e inmutable para aprender. Identificó siete ámbitos distintos de inteligencias: lingüística, musical, lógico-matemática, visual-espacial, interpersonal, intrapersonal y quinestésica.

 

Miguel Ángel Cornejo


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