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La Paz sea contigo.
He visto muchas veces a jóvenes (y también a no tan jóvenes) usando unos anteojos coloridos; algunos de color rosa, otros amarillos, otros verdes. Alguna vez me los probé y recuerdo que veía todo amarillo, porque amarillos eran los anteojos que tenía: las casa amarillas, el suelo amarillo, el rostro de mi amigo… amarillo; todo amarillo. Las cosas las podemos entender desde la óptica desde la cual las miramos. Podemos comprender todo según el modo y los “lentes” con que observemos.
La óptica común desde la que miramos todos es la
óptica terrena: los problemas como algo rechazable, la vida como un
cúmulo de dificultades que no elegimos, la muerte como algo terrible
sobre lo cual ni siquiera queremos pensar, los pecados como simples
cosas malas que a unos conviene y a otros no etc. Mirando así, desde la
simple y superficial óptica terrena, nada tiene sentido. Y eso se debe
sencillamente a que mirar las cosas desde abajo no nos da ninguna
explicación; veremos todo distorsionado y falto de dirección. La muerte
vista desde el punto de vista terreno, no solo es un misterio, sino que
además nos causa repulsión. El que vive la vida solo como si fuera que
este mundo es lo único que existe, al escuchar hablar de muerte, se
rebela y dice: ¡Por favor! ¡No hables de eso! El que tiene y sufre
contrariedades y problemas, y los mira desde la óptica “de abajo” dice:
¡Me tiene harto todo esto! ¿Hasta cuando voy a sufrir? Todo lo más
difícil de la vida del hombre, visto solo desde la óptica terrena es
incomprensible y gravoso, insoportable.
Pero
todo puede y debe ser observado y meditado desde otra óptica superior y
más perfecta, aunque nuestra naturaleza humana no nos lo permita
sobremanera, podemos mirar más allá. Esta es la óptica sobrenatural.
Desde aquí, el dolor no es un sufrir por sufrir, sino que se transforma
en sacrificio redentor. La película de Mel Gibson, La Pasión de Cristo,
observada desde la óptica terrena, es un espectáculo sangriento y cruel
destinado solo a recaudar dinero a costas del sabor de violencia que
consumen los espectadores; sin embargo, todo ese dolor representado
allí, ante el cual Juan Pablo II había exclamado: “Así fue”, debe ser
observado desde una óptica sobrenatural. Nuestro dolor, nuestras
miserias, nuestras caídas, nuestras alegrías, éxitos y logros, todo
debe ser observado desde la óptica sobrenatural.
Para
el terrenal, el dolor es sufrimiento; para el sobrenatural, es
redención. Para el terrenal, los problemas son contratiempos; para el
sobrenatural son oportunidades de fortalecimiento. Para el terrenal el
pecado es algo normal, pero para el sobrenatural es algo inadmisible,
porque sabe el daño gravísimo que causa. El sobrenatural sabe que como
nada termina con este mundo, los pecados permanecen y dejan sus rastros
de destrucción en el alma del que peca.
El
demonio busca limitar nuestro campo de visión haciéndonos mirar
solamente desde abajo; así puede aprovecharse de nosotros y engañarnos
con sus artimañas: que el sexo prematrimonial es normal, que las modas
no incomodan, que la religión es cosa de viejos, que el casamiento ya
pasó de moda, que el amor no existe; esto si que es mirar las cosas
desde la tierra. El hombre que mira de manera sobrenatural diría: “¿Qué
dice Dios? Eso lo haré.” Porque sabe que su vida no se acaba con su
muerte sino que todo esto no es más que el pálido reflejo de lo que
será después.
Que Dios te bendiga.
Jorge Miguel Martínez
Moderador General
Comunidad Misionera de Jesús
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