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Escrito por Gloria Vento   

autostimaA través de la Sagrada Escritura,la Tradición,el Magisterio,la vida de los santos y la teología Tomista, la autora demuestra la incompatibilidad de las teorías psicológicas de la autoestima con el cristianismo.

Autor: Lucrecia Rego de Planas | Fuente: www.catholic.net

– ¿Para qué lees esto? ¡La autoestima no es cristiana! – dije, tomando el libro que mi amiga acababa de poner sobre la mesa.

Se trataba de un ejemplar de pasta dura en el que se leía con grandes letras azules sobre fondo blanco: "Convierte a tu hijo en un triunfador” y en letras más pequeñas: “Diez consejos para elevar la autoestima de tus hijos”, escrito por una Dra. Scott, psicoanalista y terapeuta de una Universidad inglesa.

Fue muy notorio el respingo que dieron y la expresión de escándalo con la que me voltearon a ver todos los presentes al escuchar mi frase, a la que yo no encontraba nada de extraño. Al ver la reacción y sentir las miradas que me traspasaban como cuchillos ardientes, alcé un poco los hombros, sonreí tímidamente y mirando un poco a todos, repetí de manera pausada:
– Pues… de verdad… la autoestima NO es cristiana!

Estábamos en una reunión en la que había padres y madres de familia, algunos de ellos psicólogos, católicos todos y todos practicantes. Y no digo practicantes de “misa de domingo”, sino de esos practicantes de verdad practicantes: de misa diaria y confesión quincenal, de Ejercicios espirituales anuales, dirección espiritual y formación continua. Digamos que se trataba de un público sumamente selecto.

Días más tarde me enteré del porqué de la violenta reacción ante mi frase. Resultó ser que varias mamás de las ahí presentes, estaban llevando a sus hijos con los psicólogos, también presentes, por haber sido diagnosticados en el colegio (católico, por supuesto) con un problema de “baja auto estima” y, claro, el dinero salía del bolsillo de las mamás y se iba al de los psicólogos, para pagar las terapias enfocadas a “elevar la autoestima” que les estaban aplicando a sus pequeños retoños.

Peor aún… luego me enteré que uno de los psicólogos ahí presentes vive de impartir talleres de autoestima a maestros, alumnos y padres de familia. Digamos que… sin yo saberlo, toqué fibras sensibles, extremadamente sensibles.

Eran mis amigos… Y digo “eran” porque no sé si lo seguirán siendo después de aquella noche. Pero como yo no sabía en ese momento la historia de las terapias y los talleres, tranquilamente expliqué por qué había dicho lo que había dicho.

Fue un discurso más corto que el que pondré ahora, pero… a final de cuentas, fue más o menos lo mismo.

Ahora quise ponerlo por escrito, sólo por si hay algunos más que piensen que la autoestima, de la que tanto se habla hoy en día, es compatible con el cristianismo.



1. ¿De dónde viene el término "autoestima"? ¿Cuál es su origen?


El término “auto-estima” que viene del inglés “self-esteem” fue inventado por Sigmund Freud, y difundido luego por Carl Jung y Carl Rogers, que de católicos… no tienen absolutamente nada y que está comprobado el daño real que han hecho a la Iglesia y al mundo entero con sus teorías. Para saber más de este tema.

Para Freud, la religión es una neurosis infantil que impide crecer al hombre y llegar a su madurez. Dice que es algo inventado por el hombre para apaciguar su angustia y llenar su necesidad de protección.

Según él, Dios-Padre es el fantasma del hombre-niño que no se atreve a afrontar su realidad y que busca un refugio para su sentimiento de culpa. La autoestima es la liberación de ese Dios-fantasma y al desarrollarse, permite el crecimiento de la persona como adulto autónomo, sin Dios ni religión.

“Yo soy”, “Yo tengo”, “Yo puedo”, “No necesito de nadie”, “Todo me lo merezco”… fomentar la autoestima es fomentar el orgullo, la soberbia, la avaricia, la codicia, la lujuria… porque en ella, el centro es el “Yo” y todo es autocomplacencia del yo.
Basta decir por ahora, para los fines de este artículo, que el origen del término “autoestima” no es cristiano y su significado original, tal como fue concebido por Freud y que es el que se promueve en la sociedad actual en libros, revistas, programas, talleres, clínicas, cursos y terapias de autoestima, tampoco es cristiano.


2. La autoestima es contraria a las enseñanzas de Cristo


La autoestima, tal como la concibió Freud y tal como se presenta en los talleres y libros que están de moda, dice “ámate a ti mismo” y Jesucristo, por el contrario, dice “niégate a ti mismo”:

“El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame enseguida, porque el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”

Jesús no dice ÁMESE a sí mismo, sino NIÉGUESE a sí mismo. ¿Necesitamos más comprobación que eso?

He visto en algunas clínicas de autoestima, que para ganar clientes católicos, utilizan en sus anuncios a Jesucristo, arguyendo que Él nos dijo que te tienes que amar a ti mismo para amar a los demás y para esto, citan la frase: “Amarás a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo”

Pero, si nos fijamos bien, el mandamiento es amar a Dios y amar al prójimo. El “como a ti mismo” es sólo el modo de hacerlo. Y por supuesto, no es lo mismo decir “Ama a tu prójimo como a ti mismo” que “Ámate a ti mismo para poder amar a tu prójimo”.

Es un simple truco de mercadotecnia que nos engaña fácilmente.

Si seguimos leyendo el Evangelio, vemos que cuando Jesús dice eso, completa la frase diciendo “En esto se resumen la Ley y los profetas”

La ley hebrea se resume en esos dos mandamientos, pero es una ley todavía incompleta e imperfecta.

Jesucristo nos dice más adelante: “No he venido a abolir la ley, sino a perfeccionarla” y la perfeccionó, sí que la perfeccionó, dándonos un nuevo mandamiento, el Mandamiento del Amor: “Un nuevo mandamiento os doy: Que se amen los unos a los otros, como Yo los he amado”

Jesús sustituye el “como a ti mismo” por algo mucho más ambicioso y perfecto: “como Yo los he amado”.

¿Y cómo nos amó Jesucristo? Entregándose a sí mismo, olvidándose por completo de sí, renunciando a todo por amor a nosotros… y siendo obediente hasta la muerte y una muerte de cruz.

Los que defienden sólo el “amar a los otros como a nosotros mismos”, sin tomar en cuenta el nuevo mandamiento, se quedaron antes de Jesucristo (están un poco pasados de moda), se quedaron en la Ley Antigua, en la ley del talión “Ojo por ojo y diente por diente” o en la ley mínima de “No hagas a otros lo que no quieras que te hagan a ti”

Se quedan cortos, cortísimos, pues el amor que nos predicó Jesucristo, con su Palabra y con su vida, va mucho más allá de amar a los otros “como a nosotros mismos”. Lo novedoso, lo actual, es amarnos unos a otros tal como Jesús nos amó.

“Éste es el mensaje revolucionario de Cristo, por el que sus discípulos son puestos en disyuntiva de negarse a sí mismos, de dominar y sublimar sus egoísmos brutales para servir desinteresadamente a sus semejantes, o simplemente, de renunciar a ser discípulos suyos. Y no quiso dejar lugar a dudas: lo afirmó con la palabra, llamándolo su mandamiento nuevo, distintivo de cuantos quisieran seguirle, y lo confirmó con obras, muriendo en la cruz en acto de servicio amoroso, el más grande, a los hombres, y de glorificación humilde a su Padre celestial.” (P. Marcial Maciel, 22 de abril de 1973)


3. El Evangelio nos enseña lo opuesto a la autoestima


Bastan, para comprobarlo, algunas frases y escenas sacadas del Evangelio:

“El que se enaltece, será humillado y el que se humilla será enaltecido”
“Quien quiera ganar su vida, la perderá y quien la pierda por amor a mí, ése la ganará”
“El que quiera ser el primero entre vosotros que sea el servidor de todos”
“Los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros”
“Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por los amigos”
“Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere no dará fruto, pero si muere dará mucho fruto”
“No he venido a ser servido, sino a servir”

Jesús reprueba la actitud del fariseo: "Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás..." y alaba, en cambio, la actitud del publicano, que no se sentía digno: "Apiádate de mí, que soy pecador". Reprueba al que tiene una “elevada autoestima” y alaba al de la “baja autoestima”.

Alaba la actitud del centurión que se declara indigno “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa”.

Le concede el favor a la mujer moabita que acepta ser comparada con un perro: “Los perrillos también comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”.

Perdona los pecados a la mujer pecadora que se lanza a sus pies, “con la autoestima hasta el suelo” y en cambio, reprueba la actitud de Simón el fariseo, quien por tener “una elevada autoestima” se olvida de ofrecerle agua a Jesús para que se lavase los pies.

Hay más actitudes del cristiano, tomadas del Sermón de la Montaña, que resultan impensables para alguien que tenga “un elevado concepto de sí mismo” que es lo que ofrecen los cursos y talleres de autoestima:

“Ama a tus enemigos, haz el bien a los que te odian”
“Al que te roba el manto, dale también la túnica”
“Al que te golpea en una mejilla, preséntale también la otra”
“Al que te obliga a acompañarlo una milla, acompáñalo dos”
“Da a quien te pida y no reclames al que te quita lo tuyo”
“Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial”.
“Cuando ores, métete en tu cuarto y cierra la puerta para que nadie te vea”
“Cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha”
“Cuando ayunes, lávate el rostro para que nadie se dé cuenta”

Están también las Bienaventuranzas:

“Felices los pobres… los que tienen hambre… los que lloran… los mansos… los misericordiosos…”

“Felices seréis cuando os injurien y os persigan y digan toda clase de mal contra ustedes por mi causa… Alegraos y estad contentos porque su recompensa será grande en el cielo”

¿En dónde quedó la autoestima? En ningún lugar del Evangelio encontramos que Jesús diga: “Si quieres ser feliz, ámate a ti mismo”. Más bien dice todo lo contrario:
“El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo…”.

La teoría de la “autoestima” nos dice que el alto concepto que tengamos de nosotros mismos y la confianza que tengamos en nosotros mismos y en nuestras capacidades es lo que nos hará ser personas “realizadas”.

Cristo nos dice exactamente lo contrario: que para ser verdaderamente felices debemos negarnos a nosotros mismos, que primero están Dios y los demás y que uno debe ser el último. Nos asegura que, al negarnos a nosotros mismos y al poner las cosas en ese orden, entonces nos realizaremos como personas. La “autoestima”, por el contrario, nos lleva a que seamos nosotros el centro de nuestra atención (egocentrismo) y a que nos sirvamos primero a nosotros mismos (egoísmo).

Cuando el pobre de Pedro, con buenas intenciones, intentó alimentar la autoestima al Señor, tratando de disuadirlo de la Pasión, diciéndole seguramente algo como: "No, Señor, eso no pasará, tú eres muy bueno, no debes sufrir tanto…", Jesús lo rechazó de inmediato: “Apártate de mí, Satanás”.

Y… las tentaciones en el desierto, claramente el demonio tentaba a Jesús por su “autoestima”. “Si eres el Hijo de Dios, haz que estas piedras se conviertan en pan”; “Si eres el Hijo de Dios tírate de este precipicio”; “Todos estos reinos te daré…”.
¿Cuál fue la respuesta de Jesús? “Apártate de mí, Satanás”.

Llegado a este punto, tal vez alguno que tenga una elevada autoestima, esté pensando en renegar de su fe cristiana y quedarse mejor como un buen judío, antes de las enseñanzas de Jesucristo. Pero en el Antiguo Testamento tampoco se habla a favor de la autoestima.
 

Diferentes significados que se le dan al término "autoestima"


Lo que más me sorprendió en aquella plática con mis amigos, fue cómo fueron cambiando de significado a la palabra autoestima conforme avanzaba la plática.

Al inicio, todos estaban de acuerdo en que el hombre tenía que amarse a sí mismo para poder luego amar a los demás. Es decir, aceptaban que “autoestima” era lo mismo que “amor a uno mismo”.

Conforme la plática fue avanzando, de pronto decidieron que no, que ellos se referían a “sentirse orgullosos de lo que son”

Cuando vieron que esto tampoco funcionaba en los cristianos, dijeron que se referían a “estar orgullosos de lo que hacen”

Total que luego, al decir lo de los siervos inútiles, pasaron a “confianza en uno mismo”, “seguridad personal” y terminaron diciendo que se referían al “aprecio por la dignidad del ser humano”

Pienso que el lenguaje debe ser bien utilizado y que hay que llamar al pan “pan “ y al vino, “vino”. Es incorrecto utilizar el término “autoestima” para definir “la valoración de la propia dignidad como ser humano”, pues el término es “self-esteem” (estima del YO) y no humanbeing-esteem o person-esteem. El significado de “self” siempre ha sido, es y será “mi Yo”, “mi Ego” (usando términos de Freud) y trae implícito el significado de poner al Yo en el centro, botando a Dios lejos de la vida de la persona.

El mismo P. Michel Esparza, confiesa en una entrevista, que decidió usar el término autoestima en el título de su libro… porque suena bonito, porque está de moda, porque así lo leerá el hombre de la calle… en resumen, por cuestiones de marketing. Sus palabras textuales en dicha entrevista, son:

"He escogido el término «autoestima» por su indudable resonancia positiva. Esta temática es universal, pero con mi libro intento ayudar especialmente a personas con cierta tendencia al agobio perfeccionista.
Hay otra razón por la que empleo el término autoestima: al ser de uso común, permite divulgar el mensaje cristiano de cara al hombre de la calle. Además, la temática de la autoestima está de moda y hablar de ella en cristiano permite corregir ciertos enfoques erróneos."

La autoestima, como tal, no puede ser algo cristiano, pues forzosamente, el lugar que ocupe en nuestro corazón el amor a nosotros mismos, es un lugar que le quitamos al amor a Dios y a los hombres.

Pongo la opinión de una persona santa y sabia de nuestro tiempo:

“Tú me mandas que ame a mi prójimo
como yo me amaría a mi mismo,
si yo quisiera a mí mismo amarme.

Porque yo no quiero amarme, Señor,
porque tan efímero soy,
que no merezco ser amado ni de mí mismo.

Mató el asesino
para dar al amor de sí mismo
el placer de la venganza.

Y robó el ladrón
para dar al amor de sí mismo
el placer de su riqueza.

Y se revolcó en el fango el lujurioso
para dar al amor de sí mismo
el placer de su lujuria.

Amor de sí mismo no es verdadero amor,
porque es amor a costa de todos los amores.

Porque el que se ama, no ama.

Porque el amor a sí mismo es exclusión
y el amor al prójimo es donación.

Porque el amor de sí mismo es soberbia
y el amor al prójimo es humildad.

Porque el amor a sí mismo es egoísmo
y el amor al prójimo es caridad.”

(P. Marcial Maciel. Salterio de mis días)
 

.Conclusión: La auténtica realización no tiene que ver con la autoestima


La verdadera felicidad no consiste en amarte a ti mismo, sino en saberte amado por Dios y responsable de dar ese amor a los demás.

Si cada día recuerdas que eres un hijo de Dios, que todo lo has recibido de Él y que tienes que entregar cuentas de eso que te han dado, será suficiente para que hagas bien todas las cosas, pero sin dejarte lugar alguno para el orgullo, pues sabrás que Dios es el protagonista de la obra y tú únicamente el encargado de ponerle la escenografía para que Él sea el que brille.

Sabrás que Él es el pintor y tú sólo el pincel, que Él es el escritor y tú sólo la pluma, que Él es el músico y tú eres sólo el violín, que Él es el escultor y tú sólo el cincel. Él es el que merece los aplausos… ¿o acaso has oído a alguien que le aplauda a un pincel, a un violín, a un cincel…?

Pienso que la vida es como un juego de pelota, en el que Dios nos lanza un balón para que se lo pasemos a los otros.

El balón son los talentos que Él nos da, que pueden ser muchos o pocos y que realmente, para el objetivo del juego, que es “pasar el balón a los demás” interesa muy poco si el balón es bonito o feo, grande o pequeño, brillante u opaco. Lo importante es que lo pasemos.

Fomentar la autoestima es algo tan tonto como pensar que, en el juego, Dios me pasa el balón y yo, en lugar de pasárselo a los otros, lo cacho y lo escondo, lo agarro para mí, me lo llevo a mi cuarto, lo limpio, lo contemplo, lo admiro, lo acaricio, lo beso, le aplaudo, lo envuelvo y luego… salgo a presumírselo a los otros, como algo mío, sintiéndome privilegiado y orgulloso "porque Dios me lo lanzó a mí".

¿Qué me dirán los otros?

-Ya lo sabemos, vimos que Dios te lo lanzó, pero… no seas tonto y pásalo ya, que de eso se trata el juego!

No echemos a perder el juego de Dios. Enseñemos a nuestros hijos a pasar el balón, casi sin verlo.

Termino con las palabras que pronunció la más grande de las mujeres, María, nuestra Madre Santísima, expresando las razones de “su autoestima”:

“Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de gozo en Dios mi salvador, porque se ha fijado en la humildad de su esclava. Desde ahora, Bienaventurada me llamarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí”

De ella, S.S. Benedicto XVI dice: “María es grande precisamente porque quiere enaltecer a Dios y no a ella misma” Deus Caritas est n.41.


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  Comentarios (3)
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1. Escrito por Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla , el 25-10-2007 09:19
eeeeeeeeeeeeeeee 
me ENCANTO!!! 
ENHORABUENA!!! 
DIOS LESBENDIGA 
MUCHAS PERO MUCHAS FELICIDADES  
MEXICO
2. Escrito por Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla , el 03-05-2008 11:24
Muy muy bueno!!!!Pero qué lucha para vivir en un mundo de "strass y fantasía"!!!
3. Escrito por yasmin, el 13-05-2008 20:56
:upset :eek :cry :? :sigh :zzz :x :upset :eek :upset :? :? :zzz :upset :upset :eek

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